agosto 16, 2022
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Apagones en Cuba: ¿la angustia de nunca acabar?

Foto: Roy Leyra | CN360

Texto: Redacción Cuba Noticias 360

Si en algo coinciden quienes vivieron la década de 1990 en Cuba es en que los apagones de entonces eran peores que los de hoy: duraban más de 12 horas, apenas había plantas eléctricas o lámparas recargables y el combustible alternativo de la mayoría de los hogares no era el gas licuado, sino la leña y el carbón.

Tres décadas después, aquella generación marcada profundamente por el Período Especial se enfrenta de nuevo a la angustia de las noches a oscuras, a cocinar cuando se pueda, a abanicar de madrugada para espantar los mosquitos de los niños de casa. Y todo ello con 30 años más sobre las costillas, justo a las puertas de la vejez.

Los jóvenes de los 90 son los padres y abuelos de hoy, que ven repetirse la historia de los apagones con sus hijos y nietos, y quizás por eso ya no asumen esta nueva temporada de crisis energética con la paciencia y la resignación de entonces. A diferencia de aquella época, cuando albergaban la esperanza de que la situación mejorara, ahora saben que puede, incluso, empeorar.

El desgaste físico y emocional que han implicado los últimos 30 años en la isla está condicionando en buena medida la actitud con que los cubanos asumen el actual capítulo de rotura tras rotura de las centrales termoeléctricas del país: están conscientes de que son armatostes viejos, que el bloqueo ha limitado el acceso a piezas de repuesto, que el crudo nacional corroe las maquinarias… Están conscientes de todo, pero los cubanos ya no se conforman con entender.

Sobresaturados de partes diarios de la Unión Nacional Eléctrica que explican el déficit de generación como si fuera algo normal, que toca por la libreta, los cubanos reclaman con vehemencia una estrategia concreta que solucione el problema a corto plazo; sin embargo, lo que encuentran en los espacios informativos de la prensa estatal son referencias vagas a posibles soluciones en abstracto y el constante llamado a la resistencia, a redoblar esfuerzos, a seguir trabajando.

Es eso precisamente lo que la mayoría ha hecho: seguir trabajando, levantarse de la cama después de toda una madrugada sin dormir para que la fábrica, el centro cultural, el quirófano… no se detengan.

También están los que drenan la presión de otra manera, caldero en mano, vociferando que le pongan la corriente ¡p…! ; los que marchan por las calles oscuras, a riesgo de ser encarcelados por desorden público y desacato; los que salen a esas mismas calles a evitar cacerolazos y borrar carteles antigubernamentales.

Y están también los que no marchan, ni pintan carteles, ni se atreven a gritar consignas, pero se quedan detrás de las ventanas esperando a que pongan la luz, ya sea porque entran en funcionamiento las termoeléctricas averiadas o porque el barrio se puso malo.

Es una realidad: los apagones de los 90 eran más prolongados, pero esta nueva temporada, con el agravante de la inflación y la escasez de alimentos y medicinas, está llevando peligrosamente a los cubanos a la tabla. 

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