noviembre 26, 2021
23.2 C
Havana

Con tantas cintas y sin lazos

Fotos y Texto: Manolo Vázquez

Te preparas para pasar un fin de semana en casa, como dicta el lema internacional de la pandemia. Es viernes y cae la tarde con sus naranjas de cielo tropical. El eco de los televisores, que ya son parte del ruido ambiente habanero, empieza a desgastar el silencio del confinamiento, al mejor modo cubano.

De repente, un camión de la basura aparece. Pero no vino a llevarse los desechos de la esquina, su misión es otra. En su parte trasera trae talanqueras, las mismas que se utilizaban en grandes conciertos o actividades político-masivas, aunque no es menos cierto que un primero de mayo se reproduce diariamente en cada mercado de la isla.

De inmediato, las luces parpadeantes de una patrulla parquean ante el asombro de todos, mientras varios obreros bajan los hierros y los amarran con cintas amarillas en cada esquina, a lo largo de varias manzanas.

El barrio se estremece. Aquel ruido ambiente televisivo se va apagando, como el ocaso primaveral que coloreaba las calles. Algunos exclaman por comida mientras cae la noche. Otros se apuran para botar la basura y no pocos agarran el teléfono en busca de información.

Las charlas llueven de balcón a balcón. Algunas voces predominan. Los temas de los diálogos son los mismos, ¿cómo transcurrirá la rutina diaria de ahora en adelante? Faltaban aclaraciones. La preocupación por el aislamiento sorpresivo prevalecía en cada núcleo familiar.

La noche transcurre en medio de la incertidumbre. A la mañana siguiente todos son rumores. Hay un oficial de la PNR posicionado en cada intersección. Uno de ellos responde a las interrogantes con una sola frase, que repite sin cambiar el tono, como si un chip le hubiese sido implantado: “están en cuarentena, por lo que no podrán salir en 40 días”, menuda asociación de términos.

Pasan las jornadas. Se organizan las colas para comprar por CDR. Algunos aventureros saltan las cuerdas divisorias y se adentran en “tierras libres”. Todo sigue igual a ambos lados de la “frontera”. Largas filas, escaseces.

Al cabo de una semana ya conocemos varios nombres de contagiados. Siempre por “radio bemba”. Las noticias erróneas son tan comunes como los falsos positivos. Un día al azar nos traen refresco y galleticas. Cada casa debe contar con un representante para ir a recogerlos, no sin antes pedir el último y esperar su turno, tratando de cumplir siempre con la sana distancia.

A los nueve días de confinamiento, algunas talanqueras están caídas en el pavimento. Muchas de las cintas han desaparecido y las personas entran y salen, así como los vehículos locales e incluso los de lejos.

Ya no hay policías y la tienda del barrio casi no recibe productos. Los presidentes de cada Comité organizan colas entre ellos para intentar clasificar en caso que algún comestible arribe. El vendedor del agro está aislado, porque su esposa dio positivo, como también el carnicero.

Eso sí, nos queda el pan nuestro de cada día, ese que subió de precio y mantuvo la calidad acostumbrada. Y bueno, llegó el cobrador de la luz, pronto vendrá el del gas.

Con tantas cintas y sin lazos, mi barrio extraña la arena, y hasta a la muñeca sin brazos de Magdalena.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dieciseis − 12 =

Último minuto