noviembre 26, 2021
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Havana

Mujer en Pandemia (2)


Texto: Martin Bartista

La distancia es una lápida. Un engaño. Provoca en el cuerpo la misma sensación de sentirse ahogado. Sin respirar. Uno ahí en medio del océano boqueando como un pez para que los pulmones no colapsen sin que vengan a salvarte. A lo mejor alguien desde la distancia te nota pero no le importas demasiado o piensa que estás jugando. Te das cuenta que estás terriblemente solo. Te salvas o te mueres. No hay otra salida. El agua se mete en la boca para llevarte al fondo. Solo dependes de tu fuerza de voluntad para seguir y avanzar hacia la orilla o declinar y acabar devorado por los peces después de que renuncies, definitivamente, al oxígeno. A esa concatenación de circunstancias que es la vida.

¿Qué es la vida? Algunos dirán que es una mierda, otros que el bien más preciado y así hasta que un domingo llegan dos religiosos a la puerta de tu casa para decirte que tu vida le pertenece a Dios. Ok. Yo no creo en Dios pero los oigo. Les abro la reja en calzoncillos sin darme cuenta. Me pongo un short. Me preguntan si puedo escucharlos cinco minutos. Los invito a pasar. Les brindo café. Me dan su charla y se van. Dejan unos sueltos encima del mueble de la sala, sobre Dios, la vida y la inmortalidad. Los miro y los coloco en un rincón de un librero que no ordeno desde que mi última novia me ayudó. También se llevó unos libros después de que rompimos y nunca me los devolvió. Una edición de lujo de El Quijote y otra de “La insoportable levedad del ser”, de Kundera.

Desde hace mucho no las tengo todas con Dios. Tuve mi primer encontronazo con él cuando una novia del pre, una trigueña con unas tetas enormes, y un cuerpo hermoso, me fue a ver a mi unidad del servicio militar para entregarme un libro dedicado en la portada donde decía que me amaba, pero que ya le pertenecía por completo a Dios. Se despidió y me dijo que Dios tenía grandes planes para mí. Al menos en esos dos años del verde no vi pasar ninguno. Y lo más jodido es que Dios se llevó a mi novia con sus tetas enormes y unos 17 años con las hormonas resplandeciendo. Esa noche, en medio de la guardia, con un AKM al hombro, un cinto lleno de balas y un frío que pelaba, lo mejor que hice para matar el tiempo y el clima fue recordar cuando tuvimos sexo en una esquina del monumento a José Miguel Gómez, allá en una madrugada del 2000 en el Vedado.

Los religiosos vinieron en un mal momento. Acababa de tener una discusión por Telegram con la muchacha que, como les conté la semana pasada, conocí en La Habana hace un mes después de un largo tiempo sin ver a nadie que me moviera el piso, como dicen las jebitas de veintipico en los bares o en Fábrica de Arte. Las oigo y me río. Además, suelen decir que tuvieron un novio al que se le fueron por el dos, y también me da risa la palabra porque me recuerda las conversaciones del pre.

No hay nada peor entre nosotros que las discusiones virtuales. Quiero escribir más rápido que ella, quiero que se dé cuenta de que lo que está haciendo es un disparate, pero se impone o se molesta. Dice que la vida es un problema de elección. En ese punto no tengo nada que decir. Le doy absolutamente la razón. La vida está ahí para eso, para elegir lo que uno quiere hacer con ella. Le comento, para tratar de salvar la situación, que cada elección tiene consecuencias. Ella me manda uno de esos emoticonos que no dicen nada y lo dicen todo. Las cosas no han ido muy bien durante los últimos días. O sí. No sé. A veces he tratado de salirme por la escalera de emergencia. Ella también. Pero creo que a pesar de todo es provechoso hablar porque el silencio es lo opuesto a la vida.

Lo que sí es una mierda son las discusiones virtuales. No hay tonos, ni rostros enfurecidos, ni frases tipo “te vas para la pin… y no regreses más”, aunque vuelvas al día siguiente y la tarde sea una luna de miel.

La cosa no ha ido bien porque ella se fue con su ex que vino de viaje. Le propuso acompañarla a uno de esos paquetes turísticos todo incluido hacia Dominicana. De tanto que ofrecía el paquete tenía hasta incluido un concierto de reguetón de un tipo que no conozco. Ella dice que no le gusta el reguetón pero me ha enseñado fotos junto a amigas en bares con culos que parecen que quieren salirse de las pantallas en medio de un video clip de Maluma. Todos esos bares en los que sobran las putas y los putos. Si te ven con pinta de extranjero se te acerca una y después otra para sacarte conversación, pedirte fuego o algún trago. Lo mismo con las mujeres. Sex on the beach era el preferido de una que conocí un sábado en la noche, pero nunca pasó nada. Estudiaba 3er año en la Universidad y me dijo que hacia aquello por puro placer. Su idea de la sexualidad pasaba por el disfrute total, por la experimentación constante, por conocer todo tipo de hombres. Aquello me parecía una locura pero después pensé que los hombres tenemos mucho que aprender de las mujeres. A lo mejor, pensé, también me está cogiendo “pa eso” pero no le di demasiadas vueltas al asunto.

Hubo un tiempo en que visitaba esos ambientes nocturnos hasta que percibí que solo estaba allí impulsado por el aburrimiento y cuando regresaba a casa sentía que me estaba desgastando, que aquello no conducía a nada, que solo era ver a dos o tres hermosas mujeres bailando y escuchar a un grupo de tipos hablando mierda y enseñando los músculos y las marcas.

Desde mucho antes de la cuarentena no voy a los bares y a veces me pregunto que estarán haciendo las prostitutas para buscarse la vida. A lo mejor están ofreciendo algún servicio a domicilio como esos emprendimientos que nacen en La Habana para gente con dinero. Prostitutas express o algo así. No está mal. Le da swing a la ciudad que se muere de aburrimiento y puede ayudar a calmar la violencia de algunos en casa por tantas frustraciones sexuales acumuladas en el matrimonio o con la pareja.

A la muchacha de la que enamoré en menos de 15 días en La Habana le había prometido enseñarla a nadar y a montar bicicleta. Todo eso antes de que viniera el bárbaro y la invitara a Punta Cana. Me dijo que solo van como amigos, unos cuatros días y regresa. Ella sabe cómo pienso. Y decidió correr el riesgo. Ahora mismo debe estar ahí con alguien que fue su ex y que la mira con los ojos del sexo. Como un animal en celo. Me sirve de consuelo que ellos no iban solos. Y me río de mí mismo cuando pienso en eso para cambiarle el significado a lo que podría pasar. La mente se puede montar toda una historia para calmar el desconsuelo.

Era un grupo de socios en común que se reunieron para descargar en Dominicana. No les importó la pandemia ni los casos de coronavirus, ni los posibles contagios. Lo de ellos era darse una vuelta por la ciudad, por los restaurantes y terminar en el concierto en la playa.

A mí me preocupa lo que pase porque ella tiene certezas inconexas. Le presta más atención a las emociones que a la cabeza, según me ha contado a través de Internet desde que nos conocimos por relaciones de trabajo y la cosa fue a mayores. No dejamos de comunicarnos por Telegram a cualquier hora. En su viaje me ha preocupado más la actitud de realizarlo que la acción o lo que pueda pasar. Porque su ex regresará a Miami y ella a La Habana. No saldrá nada nuevo de ahí. Aun así decidió aceptar la invitación. Él le dijo que quería tener un gesto porque en la relación había sido un desastre, una mala persona, un hijo de puta.

No sé si ella será ahora la misma persona después de un mes de conocerme. En ese tiempo hemos hablado de todo y he tratado de explicarle mi sentido de la vida. De las relaciones humanas. Pura especulación existencial.

Hablando en plata. Ella solo tiene de mi un recuerdo, unas miradas, una foto, su imagen junto a la mía frente al espejo de su cuarto, unas cuantas promesas, nuestras continuas conversaciones virtuales, mi olor que se le desvanece y nada más… Hoy me enseñó que se había llevado como recuerdo mío, una tarjeta que dejé en su casa. Un detalle que me alegró la tarde. A veces hablamos y coincidimos en muchas cosas. En otras interpreta las mismas palabras en las que ya coincidimos de maneras diferentes y me pregunta, a mí, en cambio, si tengo doble personalidad. Entonces se le agria el humor y cualquier tontería la enoja. Es propensa a las reminiscencias del pasado y le cuesta decidir. En su cabeza su cruza la incertidumbre, el temor y esas preguntas tipo ¿Qué pasará si hago esto? ¿Quién podrá ser realmente ese tipo que apenas conozco? ¿Por qué se ha interesado en mí de esa forma?

Todos sabemos que son preguntas cubiertas por la niebla. Le digo que la única forma de responderlas es en la práctica. Cuando nuestros estados de ánimo se conjugan positivamente la relación es un lago de felicidad. Pero cuando alguna palabra mal dicha, mal interpretada o mal enfocada sale a relucir aquello es un terremoto. San Francisco 1906. Una maldita caja de pandora. Vuelve el miedo, el encierro, la duda, y se pierde la lucidez y la esperanza impulsada por los recuerdos de unos días breves, pero intensos. Unos días que, les digo, no desconocieron la felicidad.

Ella tampoco la ha tenido demasiado fácil para desprenderse del pasado. La persigue como uno de esos tipos que siguen a las mujeres en la noche o que se le acercan en el cine para masturbarse. Una vez presencié un caso en el Chaplin y me partí de la risa. Le dije a una futura novia que se cambiara de asiento porque tenía del otro lado a un tipo haciéndose una paja. Ella, en cambio, le fue arriba y le preguntó si podía ayudarlo. El tipo salió despavorido y a me dio por reírme como un niño.

El caso es que hay tipos que no saben cuándo parar. Se convierten sin querer en cosas cheas, chatas, en víctimas de sí mismos. Bolaños decía que en la vida hay que tener prudencia para no convertirse en un cerdo. Tiene razón. Porque cuando se pierde esa prudencia nos convertimos en caricaturas. En malas caricaturas.

Le escriben tipos que se quedaron enganchados a una lámina del pasado y no pueden superarlo. O no se esfuerzan. Tienen que mirar sus cartas y darse cuenta de que ya no tiene nada entre las manos. Los entiendo. En alguna ocasión pasé por eso en la universidad. Me dejó mi novia por un profesor y bajé de peso como 20 libras. Caminaba unos 2 kilómetros para llamarla a su casa. Diariamente. Ella me contestaba con cariño, educación, hasta que comprobé, finalmente, que no quedaba nada.

Hay un momento del día en la que comunicación se pone intermitente. Me manda algunas palabras y se demora en contestar. Ya en la noche hablamos durante varias horas. Ella me cuenta sus sueños, su trabajo, su día y me dice que todo está bien, que cuando regrese le tocarán los cinco días de aislamiento y después nos veríamos. Sabe que la espero a pesar de mi desconfianza y mis certezas inconclusas.

Hace unos días se cayó Internet. Pensé que había sido en Cuba porque ya se sabe que el gobierno tumba Internet cuando ocurre algo que no le conviene, que no le encaja en su reducido marco político. Estábamos usando esa aplicación porque mi proxy para Telegram expiró. Pero no. Fue en todo el mundo, dijeron las noticias. Respiré. Cuando regresó tenía un mensaje de ella diciendo que su ex estaba con una mujer. Que ella y él habían quedado como buenos amigos y que no había pasado nada de sexo, como me prometió en La Habana, aunque asegura no cree en las promesas. Nunca se sabe que puede pasar, repite a diario.

De todos modos me cuestiona siempre mis conceptos de fidelidad o exclusividad. Me dice que no somos pareja y que se deben respetar los tiempos. También dice que soy arcaico. A veces en broma, otras no tanto.

Ella me habla de sus experiencias pasadas y a veces el chat sube de tono. Se calienta con alguno de esos juguetes sexuales que compró en una sex-shop y que me gusta controlar desde la distancia. Es un aparato con un color rosa con doble penetración. La chica que lo vendió le explicó hasta cómo usarlo. Normal. Como si fuera una pastilla para el dolor de cabeza. El mundo anda loco, pensé. O es que realmente soy un arcaico. Un dinosaurio. Luego le dije, mami, explícame cómo funciona esa historia para empezar a jugar y acortar la distancia, que es una mierda. Una maldita lápida que viene incorporada al tiempo y que seguimos tratando de sacárnosla de encima. Y hasta ahora nos mantenemos con vida, aunque todavía no sabemos si en algún punto tendremos que nadar desaforadamente cada uno por su lado para no ahogarnos.

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