noviembre 26, 2021
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Havana

Mujer en Pandemia

Fotos: Roy Leyra

Texto: Martín Batista

No sé en qué momento perdí el interés en conocer mujeres. A mis 45 años me he saltado, en los últimos tiempos, el protocolo social de querer intimar para construir algo en la vida. Me han sobrado invitaciones a fiestas, bares, clubes y otras celebraciones típicamente sociales. He declinado la mayoría. Ya no me interesa repetir ese manido ritual aprendido como método de sobrevivencia para tener sexo. Ese ritual de siempre en el que uno hace gala de falsas cortesías, pone su mejor rostro o quiere impresionar mostrando lo bueno que es o la cantidad de relaciones o amigos que tiene. La verdad es que ya prefiero quedarme entre las cuatro paredes de mi cuarto. Empleo el tiempo en ver series de un tirón, leyendo cualquier libro, repasando alguna película clásica, algún nuevo estreno o revisando pornografía en X Videos o Pornhub.

Cada vez que quedo con una mujer después de conocerla -personalmente o por Facebook- le doy una excusa para no ir. Parece que tengo todo el peso el mundo encima y no me deja moverme. Ya de solo pensar quién es o de qué hablaremos me cuesta dar un solo paso.

La llamo y le digo que me salió un trabajo de pronto o que tengo alguna situación familiar. Estoy seguro que no me cree, pero tampoco me importa demasiado. Ya he vivido esas experiencias y realmente no han ido a mucho. Han sido el ocaso de la nada. Pienso en aquella entrevista de Guillermo Cabrera Infante a la televisión española en la que dice que perdió mucho tiempo con mujeres. Sus palabras me sirven como justificación y sigo en lo mío hasta que la mano se me corre hacia alguno de esos sitios de porno amateur. Por cierto, he descubierto en la cuarentena que la libido me funciona bastante bien con esos productos hechos en casa.

***

Curiosamente hace algunos meses conocí por casualidad a una mujer de menos de 30 años. Una muchacha hermosa, de rasgos finos, con pelo castaño sobre los hombros y unos ojos color café que cuando te miran parece que te están hurgando hasta en el fondo del alma. Te descubren.  Eso fue lo primero que pensé cuando hablé con ella en uno de los tantos cafés habaneros. La esperaba a las 3:00 p.m. para un encuentro de trabajo y llegó casi media hora después. Me mandó un mensaje por Facebook pidiendo disculpas por el retraso y asombrándose de mi puntualidad. Mientras,  pedí un café cortado y un pan de molde. Cuando llegó la mascarilla solo me permitía verle los ojos color café. Unos segundos después me quité la mía para tratar de insinuarle que hiciera lo mismo, aunque ya había revisado detenidamente sus fotos en Facebook y en WhatsApp, pero no es lo mismo. Vestía muy profesionalmente, con un pantalón ajustado y una blusa en la que se pronunciaban sus senos. La conversación duró apenas media hora. Acordamos una  serie de trabajos y nos despedimos.  Quise pagar la cuenta pero no me dejó. No hubo ningún tipo de insinuaciones  ni de miradas que indicaran lo que después vendría. Traté de alargar el momento para descubrirla, para hurgar, para conversar un poco más con aquella mujer. No sé si percibió mis intenciones pero sutilmente miró el celular y me dijo que tenía otro compromiso de trabajo. Me fui y ella se quedó con el celular en la mano escribiendo no sé qué en Facebook. Quizá al novio, al marido o a la novia. Quién sabe.

Después de ese momento empezamos a escribirnos por Telegram. Le sugerí esa red como forma de comunicación porque no confío mucho en WhatsApp con todo y sus mensajes cifrados. Soy muy desconfiado. Lo reconozco. Creo que esa paranoia paralizante se me ha incrementado luego de ver cómo algunos sitios relacionados de seguro con el G2 publican chats personales o fotos íntimas de disidentes o de artistas críticos con el sistema. Yo soy bastante crítico pero no un disidente. Al menos eso creo. Pero como todo va de cabeza en este laberinto de cristal cualquiera cabe en esa categoría sin fondo.

Diariamente nos comunicábamos. Le recomendaba algún trabajo y ella me mandaba de regreso alguna idea. Los primeros chats eran simplemente para cumplir algunas normas. Junto a los mensajes le preguntaba si necesitaba algo más o la podía ayudar en otra cosa. Nada que alentara una búsqueda de mayores vínculos. Solo sutilezas que aparecen sin uno proponérselo. Me parecía buena onda, una mujer capaz, con personalidad y carácter. De pronto me descubrí viendo con cierta frecuencia su foto en WhatsApp y en su perfil de Facebook. Sé que las redes son una mierda. También pueden ser  una caja de sorpresas. Vi imágenes de fiestas, bares y  poses en grupos que no me llamaron demasiado la atención. Pero ya uno está un poco viejo para dejarse guiar por esos disfraces de la conciencia.

Los chats fueron subiendo en adrenalina. Me preguntó si tenía hijos o estaba casado. Aquello me tomó de sorpresa pero lo disfruté a escondidas, de forma taimada. Le respondí que no y a ella no le encajaba mucho en su ecuación que a mis 45 años no tuviera hijos ni me hubiera casado.

No tenía muchas respuestas para eso, la verdad. Me hizo repasar en la mente cuántos amigos tenía en la misma situación de los que quedaban en Cuba, porque al resto les había perdido un poco la pista después que se perdieron por ahí, en algún punto del mundo. Solo me comunico con los que tienen Facebook. Y esos, ya sea en Miami, Madrid o New York, están casados, tienen chamas y me cuentan que están bien. Eso me dicen, aunque sé que muchas veces las palabras no se corresponden con la realidad y ocultan con frecuencia una implacable frustración. Lo sé porque lo he vivido pero no soy nadie para meterme en la vida de mis amigos.

Llevábamos chateando casi una semana. Me había contado par de asuntos básicos de su vida y yo había hecho lo mismo con la mía. No sé muy bien cuando ocurrió, pero de pronto la cabeza se me llenó de preguntas.

¿Cómo había llegado al punto de que no podía despegarme de Telegram o de vigilar su último estado activo? ¿Cómo era eso posible en un tipo como yo que casi había renunciado a cualquier interacción de este tipo?

Solo esperaba el próximo mensaje suyo para llenarme el cuerpo, otra vez, de calma. No entendía cómo llegué ahí, pero ya era demasiado tarde para responderme esas preguntas.

***

Una noche me invitó por Telegram a una botella de vino en su casa en el Cerro. Me sorprendió de golpe su propuesta y me costó un rato digerirla. Mi mente lo único que pensaba era a qué me estaba invitado realmente, qué quería, si yo estaba equivocado cuando la palabra sexo se alumbraba en mi mente como uno esos anuncios lumínicos de los cines. No me interesa, ya les dije, el sexo por el sexo, ese mete y saca que menciona el personaje principal de La Naranja mecánica. Para eso me encierro en el baño y me masturbo. Me hago una paja. Y luego a dormir. Y ya está. La felicidad.

Le dije sin pensarlo que buscaría la botella. Sabía que era imposible en medio de esta cuarentena sin final, pero con colas enormes para comprar en cualquier moneda. Tengo un puñado de dólares en una cuenta MLC que me enviaron desde Francia, pero desistí tras una visita a un tumulto en 3ra y 70.  Ella percibió a través de mis palabras la sombra de la incertidumbre. Me dijo que le quedaba la mitad de una botella de vino chileno por si no podía conseguir. Me aseguró que después del vino quizá podía invitarme a algo más. Ese “algo más” me puso a temblar. De nuevo no supe con claridad de qué estábamos hablando. Si era posible que sin conocerme apenas ya me estuviera ofreciendo un pasaporte a su cama, a su cuerpo, a ese pedazo estricto de su vida.  Deben ser los efectos de la cuarentena, pensé, y me fui a dormir con un ejército de expectativas vigilándome. 

Estaba loco porque amaneciera. Le escribí al otro día para ver si mantenía su ofrecimiento. Y ella, sin reparos, me dijo que me esperaba. El miedo ahora era otro. Invadía cada parte de mi cuerpo. ¿Cómo voy a acercarme a ella, o a acostarme con ella en medio de una pandemia en la que cualquiera puede estar infestado? Pero el miedo, me dije, no podía matar a esta criatura sin nacer. Me decidí entonces a cruzar esa línea invisible que separa la cordura de la irracionalidad. Total, pensé, como consuelo, a lo mejor lo único que quería era conversar y podíamos hacerlo a dos metros de distancia.

Los casos de coronavirus en La Habana iban en aumento cada vez más. Todos los días me enteraba de algún conocido que enfermó o de las cifras de muertos. Por un instante pensé en darle la excusa de siempre. Por un instante pensé en no ir. Pero no quería desechar la oportunidad de conocer más a fondo a la mujer que rompió mi ritmo de hace diez años sin siquiera haberse acostado conmigo. Sin siquiera haberme mirado los ojos por más de 5 minutos. Sin siquiera conocer quién yo era o qué esperaba de la vida.

Lo que pasó finalmente fue algo especial. Lo menos importante fue la ausencia de vino. Hablamos tres o cuatro palabras de rigor y nos fuimos a la cama. Hacía rato no me sentía vivo de esa forma. Hacía rato no me sentía en esos escenarios de sexo y libertad. Estuvimos puestos de adrenalina hasta la cabeza. La mejor parte llegó después. Pudimos hablar de cualquier cosa y no sentí esa necesidad de salir corriendo después que uno tiene sexo con la persona equivocada.  Me hubiera quedado a vivir entre sus muslos dos o tres horas más,  pero la ciudad cerraba a las 9:00 p.m.  Los taxis que me he podido costear dejaban de dar carreras a las 8: 00 p.m y ya me quedaban solo unos minutos para hacer la llamada. Cuando regresé a mi apartamento no sabía muy bien qué había pasado. Pero sentí esos palpitantes temblores en el estómago que no recordaba desde que me enamoré en la universidad y después de dos años la chica me dejó por un profesor.

Pensé que solo había sido un dictado de emergencia de su cuerpo. Traté de ver aquello a través del civilizado interés de la cordura para no involucrarme emocionalmente y mantener la distancia profesional. A pocos minutos de mi llegada me mandó un mensaje al móvil preguntándome cómo estaba y cuándo nos volveríamos a ver. No le dije pero el rostro se me volvió a iluminar de la misma forma que se encendió su cuerpo entre las sábanas.

Antes me había alertado que no estaba recuperada del todo de una relación. Que tenía a aquel tipo en la cabeza dándole vueltas como una montaña rusa. Pensé que solo era un herrumbroso recuerdo que podía vencer con facilidad. Pero no fue así.

Ella no solo tenía esos recuerdos. También tenía miedos estériles que podían hipotecarle el presente y el futuro. Era como una nube que podía ir de un lado a otro de acuerdo al estado de ánimo del viento. En ocasiones parecía una adolescente deseosa de conocer ese otro lado de la vida que se había negado; en otras se cerraba completamente hacia el destino. No le gustaba enfrentarse a lo desconocido y parecía preferir el ritmo habitual de las cosas que no tienen vida propia. Me daba la impresión que era como un hermoso pez que se movía en aguas barrosas.

Su ex vivía en Estados Unidos y no sabía si iba a volver. Le mandaba mensajes o la llamaba con alguna frecuencia.  Para ella aquello era un protocolo pero le daba seguridad.  Le costaba definir en qué consistía esa seguridad y sabía en el fondo que eso era una carga muerta que llevaba sobre los hombros. Creo que el miedo a la soledad era muy poderoso en ella. Sé que la soledad tiene mala cara, le decía a cada rato. Y ella lo entendía. Sabía que estaba viva y merecía algo mejor. No me refiero a mí, sino a cualquier otra cosa, algo que le ayudara a darse cuenta que era una sobreviviente no solo del mundo, de la pandemia,  sino de ella misma.

Nos seguimos viendo a pesar de la sombra. Nos escribimos diariamente como si una fuerza superior nos impidiera quitar las manos del teléfono. Cuando no la veo conectada empiezo  a dar vueltas como un loco por mi apartamento. Me acuesto, agarro un libro, lo tiro después de leer dos o tres páginas y me pongo a ver una  serie que también dejo a medias. Se lo digo. Ella ríe con una risa que no comprendo muy bien. Jaaa, escribe. A veces me parece que no me toma en serio o que está  teniendo algún encuentro virtual con su ex. Me ha dicho que me ama, que está enamorada de mí. También me pide que lleve esta relación suave. Sin demasiados enredos. Yo me acuesto en la cama con ganas de leerla a través del móvil. Recuerdo nuestros paseos furtivos por el Vedado y una selfie que nos tomamos en la esquina de una bodega para guarecernos de la lluvia. Miro fijo esa imagen y me agrada. Siento que allí, detrás de esas mascarillas, hay algo que no se debe perder. Que está vivo.

***

Hace más de dos semanas no la veo. Vino el ex de viaje y me pidió tiempo. Si algo yo no creo es en el tiempo ni en los políticos, que casualmente también piden tiempo. El ex está cumpliendo el asilamiento obligatorio. Sé que ella lo espera aunque no me lo diga. La presiono para que se sincere y me responde que no le gustan las presiones. Que lleve esta relación suave. Sin enredos. Inmediatamente me repite que me ama, que me quiere, que está enamorada de mí. ¿Cómo se puede amar de forma suave, sin enredos o sin esas presiones típicas de los picos emocionales?

Le empiezo a hablar de que debe pensar en lo que quiere, que la comodidad por lo general se convierte en un camino hacia el fracaso, hacia la ausencia del yo interior, que solo conduce a que uno se convierta en un fantasma de sí mismo. Sé que me entiende, aunque interrumpa la conversación para ponerse a  la defensiva y me ataque.

Para mí ella sigue siendo un enigma. Un bello enigma. Ahora mismo no sé qué está haciendo. Ya su ex no está en aislamiento y sus resultados de PCR dieron negativos. Le pregunto y ella me dice que él está en casa de sus padres, que iría a verlo para solucionar algunas cuestiones, pero que no siente nada por él, que esté tranquilo. Repite esa palabra con un tono que me hace sospechar. Ese mismo tono que se emplea para decirle a alguien que todo está bien antes de darle una mala noticia…

No sé cuánto tiempo puede llevarle resolver esas situaciones ni sé realmente qué situaciones son. Le he preguntado, pero me da evasivas. “Te quiero”, le digo. Me sorprendo cómo ella me ha hecho extrapolar sentimientos que siempre me he reservado, como si mi vida fuese una inútil caja fuerte. Ella sabe que me tiene en un puño pero no se lo digo. No quiero que se crea cosas, aunque ahora mismo estoy agarrado a un torbellino. Me pregunto qué tiene esta relación que cuando parece estar un poco muerta es cuando más vida tiene.

Sé que este año ha sido una mierda. Para colmo ha roto mi estabilidad lograda entre las cuatro paredes de mi cuarto y me ha hecho soñar como un loco con una mujer. No tengo la menor idea de cuándo volveré a verla, incluso si la volveré a ver. Pongo a raya los exabruptos de mi voluntad y apago el teléfono para no seguir reduciendo mi libertad a la espera de algún mensaje en Telegram.

Coloco el disco duro para descargarle a alguno de esos filmes del paquete semanal. Veo el teléfono cerca de mí y me acecha como una de esas drogas duras que los yonkies se meten en las venas. Lo vuelvo e agarrar entre las manos y reviso el Telegram para ver si me mandó un mensaje y solo veo que estuvo activa hace tres horas. Son las 4:00 am y pienso en agarrar su mano pequeña entre mis manos y decirle, otra vez, que la quiero. Como si eso resolviera algo. Creo que voy a dormir lo que queda de noche. Mi mente vuelve a traer nuestra imagen entre las sábanas de su casa y lamento aquel beso que nunca le di por miedo a infectarme. Pura ridiculez si al final nos besamos hasta el alma. Y pienso que sí, que ella tiene razón, que hay que tomar las cosas suaves.  

Lo jodido es que mi mente no para de hacerse ideas, de pensar en lo que hubiera sido esta historia si hubiera tomado otro rumbo, sin sombras y miedos que hipotequen cualquier cosa que podría traer el futuro.

Hasta ahora sobreviví al virus, a la crisis, a los discursos, a las promesas, a esta nueva “normalidad”, a Cuba. Sin embargo, me está costando tomar aliento para sobrevivir a esta chica que alteró radicalmente la vieja normalidad de mi vida desde que decidí no salir a perder el tiempo con mujeres y hacerles falsas promesas para llevarlas a la cama. Reconozco que he hecho un buen trabajo para sentirme bien solo y ella, como si nada, lo rompió, como si su plan fuese el de aparecer de repente y desaparecer. Un plan muy jodido, me digo. Como este año de mierda que también se irá y que trato por todos los medios de que no me lleve con él. Cojo el celular. Miro la pantalla. Y vuelve a aparecer todo en negro. Como la noche.

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