noviembre 26, 2021
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¿Por qué La Güinera es titular ahora?

Foto: REUTERS / Piroschka Van De Wouw

Texto: Darcy Borrero

Cuando el luchador cubano Luis Alberto Orta dedicó a su pueblo la medalla de oro que obtuvo en Tokio, algunos medios nacionales especificaron a qué se refería Orta con “pueblo”: a la gente del barrio de donde viene el luchador, a la gente de La Güinera, definición exacta de la periferia en Cuba.

El barrio, en realidad, ya había estado en las primeras planas desde que el 12 de julio, el día después de las protestas masivas en la isla, La Güinera puso el primer muerto oficialmente reconocido. Y tanto Diubis Laurencio como el lugar donde vivía él y vive Luis Alberto Orta, fueron titulares de prensa.

De cierta forma, la medalla (para muchos inesperada) de Orta ha sido más emblemática por el lugar de donde viene el joven deportista. Al discurso promovido por la Televisión Nacional de que La Güinera es un barrio de oportunidades, bien le ha servido la presea dorada, en un entorno de polarización ideológica y de politización de esferas como el deporte.

El presidente cubano, Miguel Diaz-Canel, enseguida llamó a Orta para felicitarlo y aunque probablemente buscase arrancarle a modo de confesión un “gracias al Comandante”, el luchador se limitó a contestar lo que le preguntaron, sin exceso de emoción aunque fue el suyo un triunfo grandilocuente por lo inesperado: una alegría para los cubanos, más allá de cualquier expresión ideológica.

El deportista se colocó en lo más alto del podio donde los cubanos acostumbran a ver a un Mijain López estrella, que con 39 años sigue ganando títulos olímpicos. No obstante, lejos de ser opacado por el oro de su colega en otra división, Orta se robó el show con su actuación sobre el colchón de Tokio y desde allí dijo que “cuando a las cosas se les pone corazón, todo sale”.

De ese modo coqueteó con la idea de una campaña que por estos días ha venido realizando el aparato comunicativo estatal cubano: “A Cuba ponle corazón”. Orta, a diferencia de otros deportistas que alzaron sus Vivas a la Revolución y a su fallecido líder histórico, fue claro en que su triunfo iba dedicado al pueblo.

Antes de hablar con el mandatario cubano e incluso antes de obtener el oro olímpico, Orta dijo que le había comentado a su esposa que sería un día grandioso y que lo fue porque llegó a la final. No aclaró si su esposa estaba en La Güinera, pero de ser así es inevitable que el luchador haya estado pendiente a las protestas que alcanzaron un tono preocupante en el barrio.

Si Orta se crió allí, entre la Avenidas del Rosario y el Acueducto, las paladares de la Lomita y la TRD; el Triángulo y Mendoza, debe conocer a varios de los que salieron a las calles tras el 11-J. Las mismas calles por las que paseó en los días siguientes Gerardo Hernández, “Héroe de la República de Cuba” declarado por las autoridades nacionales.

Al barrio de “oportunidades” que han exhibido en la Televisión Nacional por estos días, le están rehaciendo aceras, pero le faltan pies que normalmente caminaban sobre ellas. Rostros de personas detenidas durante o después de las protestas tratadas como “disturbios”. 

Por eso hay en las palabras de Orta una interesante ambigüedad que lo aleja de posiciones extremistas y de una tradición en la que el deportista se vuelve sujeto instrumental de la madeja política.

El deporte no debería ser instrumentalizado. Orta no debería ser instrumentalizado bajo ninguna circunstancia. Menos para energizar una narrativa de la marginalidad que marca los triunfos excepcionales como una posibilidad práctica extendible a otros sujetos en la misma condición. El clásico: “si Orta pudo, yo puedo”; “si Orta pudo, otros pueden”.

***

Quizás ahora sea el momento de celebrar la victoria de Orta, un deportista que ha demostrado estar a la altura de sus pares en el mundo y saltar sobre ellos. Pero su triunfo deportivo, al ser el primer oro que revitalizó a Cuba en el medallero, no debería ser usado como triunfo político, ni sus palabras debieran leerse como tal. Sus silencios pudieran ser decodificados en clave de neutralidad. Habría que ver puertas adentro del barrio lo que significan sus silencios, la brevedad de sus respuestas y esa dedicatoria del triunfo a su pueblo. Por ahora, mientras aún está fresco el sabor de la victoria a la que aspira todo deportista, habrá que respetar y admirar el valor mismo del deporte y de quienes lo practiquen. Sin sobrecargas ideológicas.

Solo habría que preguntarse por qué la victoria de un güinereño es tan remarcada. Habría que preguntarse por qué un barrio ignorado por años, es ahora titular de medios de comunicación en los que se lee, de paso, el elitismo de voces que, en lugar de dilucidar, empantanan más el camino de los marginados: “Hay un grupo de personas en lugares urbanos como La Habana que tienen las siguientes características”…“Suelen proceder de zonas rurales pobres y se han trasladado a la ciudad en busca de mejores oportunidades; por lo general, no son blancos con todos los gradientes que hay, y viven en los márgenes, recibiendo cualquier prestación estatal que esté disponible. Suelen trabajar en la economía sumergida, se sienten desafectados y no se implican en empresas patrióticas porque son víctimas del periodo especial de pobreza… “Un grupo de personas olvidadas, desintegradas, sin raíces en la sociedad. Están expresando la desigualdad que experimentan y, por desgracia, ya no lo hacen de forma pacífica”. Son palabras de la periodista Cristina Escobar, citada en un artículo publicado en el diario Granma.

La misma periodista de la televisión estatal explica en un video que “el bloqueo” (embargo económico de Estados Unidos a Cuba) es causante de la asfixia económica y social que llevó a miles de jóvenes a protestar en las calles desde el pasado 11 de julio en Cuba. Escobar habla desde un pedestal, aunque pretende igualarse al pueblo al decir “tu familia y la mía” cuando a todas luces las personas que salieron a las calles en La Güinera, que son las que ella elige para el reporte, están al margen de los estilos de vida de la élite política residenciada en otras zonas de la capital cubana.

Al costado de la narrativa que intenta presentar a la Güinera como un “barrio de oportunidades”, hay un padre con sus tres hijos y un sobrino presos tras las protestas que dice: “Aquí no hay dinero para nada y hay que poner un abogado para los cuatro y cobra 4.200 pesos por cada uno, en total 16.800 pesos”. Ese padre residente en La Güinera se llama Emilio Román y seguramente disfrutó el oro olímpico de su coterráneo Orta, en tanto sigue lamentando las semanas de prisión que ya acumulan sus hijos sin haber ido a juicio.    

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