noviembre 29, 2022
20.2 C
Havana

La espera

Texto: Jorge Suñol

Foto: Jorge Luis Borges | CN360

No hay una canción que pegue para este momento. O sí, pueden haber muchas, pero yo he preferido el silencio. Todavía no sé si ha sido una buena decisión.

Demasiado triste sería buscar las canciones que me dejaron mis amigos en mi lista de reproducción. Y no quiero seguir en ese bucle. Me resisto. Aunque, a escondidas, de vez en cuando, en la madrugada, me agarre metido en los archivos de fotos para recordar cómo era todo, que, probablemente, no volverá a ser.

La nostalgia, el tiempo, los abrazos, los secretos, el llanto, el riesgo; la espera es maldita, incierta. Los malditos kilómetros y el aeropuerto. Una isla en metástasis. Las palabras atravesadas en la garganta. 

Ya septiembre y el 2022 han sido tristes. Prefieres pensar que es solo una racha, un bajón, que todo llega, que los días se enderezan. No haces otra cosa que comerte la cabeza a preguntas. Cambia tu palabra favorita. Ya no es Isla, la misma que te tatúas en tu brazo y con la que sangraste hace par de años.

Ahora es Luz, que estaba en la cola de segunda, pero ha pasado a ser la primera de tantas, dejando, al menos, una sensación de esperanza, como cuando la electricidad no la quitan en el día, las guaguas vienen vacías, la gente te dice buenos días, nadie en el Noticiero proclama una consigna, se va a reuniones a resolver problemas. Pero ese país no existe. Y uno, como el país mismo, tiene derecho a cambiar. A ser libre. 

De alguna manera, para no volverte loco, te aferras a ese pedacito, te agarras fuerte y cierras los ojos, rezando porque todo vaya mejor. Y recuerdas que hace apenas 4 años escribiste un texto muy distinto a este.

La muchacha que me hizo más feliz en la universidad, llenó una mochila y emprendió ruta como Panamá como primer destino. La encarcelaron en México. Hasta que, con los nervios de punta, finalmente logró su encomienda: llegó a Estados Unidos. Meses después de tocar suelo norteamericano ya tiene su casita en «el yuma». Hace unos días chateábamos como tantas veces, pero algo hizo esta conversación diferente. Me confesó que no es feliz, que vive con la preocupación constante de su familia en Cuba,  que está estresada y que hace más de lo que puede. A mí solo me queda alentarla con lo mismo que suelo darme ánimos a diario en esta orilla: pedirle que no se derrumbe.

Es totalmente normal que los amigos se marchen uno tras otro: cuando todo se cae a pedazos, el instinto de supervivencia puede más que otro montón de cosas. Y aunque tú los quieras cerca, te alegras por ellos, evitas las despedidas traumáticas y las catarsis, y solo atinas a abrazar fuerte, con aquello en mente de “ojalá vernos pronto”,  “nos tomaremos una cañas en Madrid” “o iremos juntos a otro concierto de Coldplay en Chicago”.  Se está yendo el país y yo ya no me quiero sentar en el Malecón. 

Pero lo más duro no son las despedidas, lo más duro comienza en el silencio. Es ese vacío que es cada vez más grande. Lo más duro es no poder correr a casa de ellos porque necesitas, contarles algo y como incluso algunos tienen otra zona horaria no te podrán responder por chat en ese momento. Lo más duro es la ausencia, lo más duro son las llamadas que cada vez son menos.  Los: “Te respondo, más tarde. Ando a full”. Uno tiene que entender, aunque cueste.  

Últimamente he encontrado un refugio. Voy a la costa a menudo y me siento horas a ver como las olas se incrustan con el arrecife. Es un verso tras otro. Fotográficamente perfecto. Me fumo par de cigarros para calmar mi ansiedad.

Se me aprieta el pecho de pensar que por ese mar, emigrando, miles que han muerto y miles que lo siguen intentando. Pongo una canción que me levante el ánimo. Y espero a que el sol se esconda. Miro el cielo. Le mando una foto a mis amigos. Y entramos, sin querer, en catarsis. Abrimos viejas heridas y tratamos de sanarlas. Tratamos.  La pregunta ha dejado de ser: ¿por qué te fuiste?  La pregunta es ahora: ¿por qué nos quedamos? 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here