febrero 20, 2024
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Llegó el café a La Habana: historia y tradición del “néctar negro”

Foto: Roy Leyra | CN360

Texto: Redacción Cuba Noticias 360

Cuenta la historia que gracias a los franceses La Habana conoció el café, sumándose así a la larga lista de “modas” que llegaron del país galo durante los siglos XVIII y XIX. Fueron ellos quienes importaron este “vicio” desde sus haciendas en las colonias haitianas, además de todos los elementos necesarios para fomentarlo y expandirlo en la isla.

La primera receta para la elaboración del café fue publicada en 1791 en el Papel Periódico de La Habana, según constató el historiador Francisco Pérez de la Riva. Ese sería el punto de partida y también el de no retorno porque desde entonces el café se convertiría en parte esencial del día a día en Cuba.

Los cafetales se fueron expandiendo y ya para 1830 la producción alcanzaría los dos millones de arrobas, de las cuales la mitad se consumía en el país. No obstante, en esa misma década el principal mercado de este producto, EE.UU., encontró mejores ofertas en otro productor, Brasil, lo que provocó el fin de muchas plantaciones, principalmente las más cercanas a La Habana.

De igual forma, ya su consumo estaba más que extendido y en La Habana eran muchos los lugares dedicados al disfrute del conocido “néctar negro”. Un texto del blog fotosdlahabana indica que el primer Café de La Habana surgió en 1772 en la actual calle Mercaderes en la Plaza Vieja, bajo el nombre Café de la Taverna.

Luego estos espacios fueron proliferando, pero algunos se destacaron más que otros y sus nombres forman parte hoy de la historia habanera. El Café de los Franceses en la Plaza de Marte, el Café de las Copas y La Mina en la calle Obispo, el Café la Dominica en O’Reilly, el Café del Comercio en el puerto y el Café del León en la Plaza de San Francisco son algunos de los muchos ejemplos.

Algunos de estos sitios, además de para disfrutar de la preciada bebida, se fueron convirtiendo en espacios para socializar y discutir sobre los avatares económicos y políticos de la época. Otros, sirvieron de asidero para los turistas o los comerciantes.

También hubo alguno que llegó a alcanzar gran renombre. Por supuesto que estamos hablando del conocidísimo Gran Café El Louvre, propiedad del catalán Joaquín Payret, hombre al cual debemos también el popular cine habanero.

Fue precisamente el español quien lo convertiría en un espacio que contaba con salón de baile, salón de billar, sala de baños y gimnasio. Más que un café, el sitio fue una especie de club, epicentro de la juventud habanera del momento conocida como “los muchachos de la Acera del Louvre”.

Ya entrado el siglo XX, la costumbre de beber café se fue expandiendo y con ella los locales. A los mencionados anteriormente se sumaron otros que alcanzaron gran renombre como el Café San Luis en la calle Belascoaín, y el Café El Jerezano y La Zambumbia.

Eso sí, ahora estos no se limitaban a la venta solamente de café, sino que sumaron a sus ofertas refrescos, golosinas y otros tipos de refrigerios. Esta fue una manera de lidiar con la también creciente competencia y adaptarse a las exigencias y variedad de públicos.

Para el año 1950 se había implantado ya en la capital un tipo de emprendimiento que rápidamente fue muy bien acogido por los “cafeteros”. Se trataba de los puestos de café, los cuales ascendían a miles y llegaron a casi todas las cuadras de la ciudad.

Allí se comercializaba lo que popularmente se conoció como el “chorrito” o el “café de tres quilos” y evolucionó la elaboración de la bebida, del tradicional colador a la máquina de café a vapor, aunque no como la conocemos hoy en día.

La rentabilidad de estos sitios fue tal que sus dueños alcanzaban “una utilidad de 1.50 pesos, después que se restaban los gastos. Y, como norma se vendían unas cinco libras diarias por puesto, para un total de 7.50 pesos en una jornada; una cantidad nada desdeñable para la época”, según agregó el citado blog.

A partir de ahí lo demás es historia. El café continuó estando en la preferencia de la mayoría de los cubanos y se convirtió en un símbolo de la cultura de la isla. La bebida trascendió su sabor y, al igual que en tiempos de nuestros antepasados, continúa siendo hoy unos de los momentos preferidos de la jornada para socializar y hablar de cuánto nos ocupa en nuestro día a día, aunque a veces no sea nada fácil, ni barato, tenerlo en casa.

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