octubre 26, 2021
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Havana

La patrona del caldero

Texto: Manolo Vázquez

Era Semana Santa y como de costumbre el viento soplaba con fuerza. El olor a tierra mojada traspasaba toda la seguridad de mi nasobuco. Casi llovía cuando la más informada del barrio gritó a todas voces ¡llegaron las papaaas!

Salgo dispuesto a todo. Una jaba grande, algo de dinero y la acostumbrada guapería habanera, nada que ver con el obispo de Roma. ¿Qué sería del Vaticano si compraran con libreta?  

Llego a paso doble y encuentro el último en la fila. Mi inmediatez no valió de mucho. Estoy detrás de 50 o 60 prójimos. El agua empieza a caer y no es bendita. Me cubro con la dura tela del bolso que más tarde acogerá, si Dios quiere, al preciado tubérculo.

En solo minutos sale el sol. ¡Qué país! diría el popular Resoples. Desde el asfalto se eleva en forma de gas, como entidad divina, el pequeño diluvio fugaz hacia el cielo. Sudo y sigo en el mismo punto de la fila. Llegó otro camión que está descargando plátanos y, por tanto, la venta de las papas se detiene.

Las personas, aunque impacientes, cuando pasan tiempo con otros se vuelven más sociables. Conversan de los temas del momento: esta cola y aquella, fulano dio positivo a la covid, el nuevo meme de Díaz-Canel, mañana van a sacar jabón en la tienda…

Avanzo pasito a pasito, como rezaba aquel clásico que reventó las listas cuando no había pandemia. Después de una hora y media consigo llegar al mostrador. Me pego a la tarima y recibo lo que me toca. Estoy ebrio de alegría, como un yonqui cuando recibe su dosis.

Más tarde, cuando me relajo y cae la noche, me siento en mi silla favorita y comienzo a pelar la primera que asoma a mirarme, rojita y no de pena, de pura tierra. Después de lavarla, cepillo mediante, la corto al medio y, ¡sorpresa! Un hoyo oscuro, cual agujero negro del espacio, absorbe toda mi calma y pone en dudas mi pretenciosa cena.

Lanzo de un solo swing el tubérculo por la ventana, con la esperanza de un jardinero central, pensando que quien correrá las bases es la vecina gritona que anunció la venta del día. Ella no tiene la culpa, pero su balcón me queda cerca.

Un manchón negro ocupa todo el centro. Allí yace, profundo. No lo descubres hasta que cortas en dos. No me dejo provocar, recuerdo de nuevo a Resoples, y elijo una segunda. Repito la acción y el panorama no cambia. Parece rellena de chocolate. Reviso la tercera, cuarta, quinta, la sexta papa…

Lo cierto es que nadie sabe mejor que un cubano cuanto “la papa ayuda”. Y lo mucho que sonreímos cuando leemos esa frase corrida, sin pausas, uniendo las dos ases, con ese humor prosaico que también es parte de nuestra identidad.

Santa papa divina que extiende como nadie mi picadillo, acompaña hoy a nuestros potajes. Perdóname por repetir el pollo, tanto asado como en salsa. Dale volumen a la proteína y líbrame del hambre. Amén.

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