septiembre 20, 2021
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Havana

Prisioneros del agua

Foto: Jorge Luis Borges / Cuba Noticias 360

Texto: Martín Batista

Siempre las mismas advertencias. Las mismas alertas. “Vas a morir en el mar”, “tu familia no podrá soportarlo”, “en esa balsa no llegas ni a la mitad”.

No dejé de oír esas frases durante los años que viví en Cuba. Se repetían época tras época como una película. Con mayor o menor intensidad escuché esos fogonazos de atención en los noticieros cuando publicaban (o publican) reportajes sobre la devolución a Cuba de balseros rescatados en el mar. Las oí también de los familiares de amigos que se lanzaban porque ya en tierra firme el “agua los tenía hasta el cuello…”

Todos los cubanos de alguna forma hemos sido testigos de ese viaje pleno de incógnitas. Hemos perdido amigos en el mar y desde la otra orilla también nos ha regresado el alma al cuerpo cuando hemos escuchado la expresión de matices inconfundibles: “llegué”.

La migración ha sido nuestra compañera de viaje. Casi todos pasamos por ese proceso de manera directa o indirecta; hemos dejado de ver a un amigo o conocido y después nos enteramos que ya no vive en Cuba. O  nos enteramos  de algo peor. Que murió en el mar o que no lo logró atravesando esos difíciles caminos de la naturaleza.  He pensado en eso durante años. He anotado incluso algunas ideas que me vienen a la mente en una vieja libreta. La reviso alguna vez y todavía encuentro casi invisibles nombres de amigos que desde hace años dejaron Cuba o algún pensamiento relacionado con la posibilidad de abandonar durante mis años de juventud. La cual, obviamente, no me soltó del cuello hasta que la cumplí.

En los años 90 vi de cerca cómo se construían balsas o alguna embarcación precaria para tratar de cubrir la distancia que separa  las costas cubanas de las estadounidenses. Madera, poliespuma, hierros y mucho, mucho ímpetu y confianza en el destino. Las imágenes durante la época eran descomunales. La gente tirándose al mar en aquellos pedazos de madera que solo parecían sostenerse a fuerza de ilusión. Era un pueblo anheloso, desesperado, virtuoso. Las personas salían a despedir a los suyos a los pies del mar. Se fundían en abrazos. Se decían adiós con una fe inconfundible. Nadie pensaba en el fracaso, en la derrota. La única derrota, para algunos,  era no intentarlo. Después la otra parte de la trama humana. La alegría hasta el cielo por los que llegaron, por la esperanza que prometía el proceso de reclamación hacia una mejor vida. También el llanto por el desconsuelo. Por las vidas segadas. Por todo aquello que nunca será reemplazado. Por el dolor eterno que existe donde vivió alguna vez la esperanza.

Nosotros, los cubanos, nunca podremos salvar nuestra deuda con el mar. Ni los cubanos de a pie ni los cubanos al frente de un país lleno de deudas. De dudas. El mar ha sido el principio y el fin. La vida y la muerte. Un libro que vamos escribiendo de acuerdo con nuestras experiencias y que parece no encontrar un final que no esté impregnado por la violencia, física, emocional. Nosotros somos también el mar. Nos hemos tragado nuestras vidas para vivir otras que no nos pertenecían hasta que las adoptamos como ruta posible o definitiva. Ese mar que somos nos ha llevado por el mundo sin rumbo hasta que volvemos a encontrar el camino en alguna que otra parte. No importa el sitio. Lo que importa es que allí donde estemos podamos hacer las paces con nosotros mismos, porque con el pasado definitivamente nunca estaremos en paz.

Nadie puede imaginar lo que vive una persona en medio del mar, encima de una embarcación que amenaza con sucumbir ante el más leve zarpazo de una ola. De un mar calmo por momentos que puede volverse contra nosotros al más mínimo resquemor del océano.

Ese momento plagado de intranquilidad emocional me ha interesado particularmente. Lo he pensado hasta la fatiga. Me he imaginado en medio de la noche sobre la fría humedad de la madera, vigilando el clima, vigilando alguna traición de las olas o de la frágil embarcación. He tratado de pensarlo para que se dibuje en mi mente hasta el más mínimo detalle. Imposible. Para tener una visión precisa de la ansiedad hay que vivirlo. Ni las historias que nos cuentan después los protagonistas pueden acercarnos realmente al clímax. Solo puede crearnos la ilusión de tener la certeza de lo que han vivido pero nada es comparable con sentir el frío que penetra los huesos, con la debilidad del cuerpo que empieza a pesar y con el pensamiento que dice que tu vida no vale nada, que está a expensas del más leve cambio en el ánimo del mar.

A los que llegan les han llamado balseros. La frase reviste generalmente una intención no tan sutil de desprecio, trata de rebajar en algún tipo de escala social a los que llegaron a través de la odisea del mar. Pero es una tamaña heroicidad enfrentar esas horas encima de un par de tablas que están más cerca de terminar con nosotros ahí mismo que de llegar a buen puerto. Tal vez los llamen balseros para tratar de esconder el respeto a esas personas que se jugaron todo lo que tenían con el fin de lograr un objetivo que otros, para alcanzarlo, lo tuvieron más fácil.

Hace años leí un libro que resulta un relato bastante fiel de lo que creemos puede constituir el viaje. Se llama Prisionero del agua. Su autor, Alexis Días Pimienta, relata entre otras cosas los instantes de tensión que viven los tripulantes para llegar a la otra orilla. Lo leí hace mucho tiempo. Me interesó particularmente el retrato psicológico de los personajes envueltos en el misterio de la noche y de la proximidad de algún tropiezo fatal. Da varias pistas de ese conflicto que es uno de los grandes conflictos cubanos. Y humanos.  Lo guardo en un estante que me traje de mi último viaje a Cuba. Lo recuperé gracias a un viejo librero de La Habana que conocía muy bien al autor y el significado del libro. Me habló por casi dos horas de la trama, de su autor y luego extendió la conversación a su familia. Vivía de la venta de libros que cuidaba como la niña de sus ojos. Era un hombre viejo y solo. Su mirada reflejaba los zarpazos de la vida, lo que sintió cuando su familia fue muriendo o lo dejó en busca de un futuro. Me enseñó varios ejemplares antes de vendérmelo. No entendía muy bien porqué le daba tanta importancia al libro de Pimienta. No lo entendía hasta que me largó una frase definitoria: “Mis dos hijos también fueron prisioneros del agua”.

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